Algunas cosas han cambiado desde que me mudé a Irlanda, hace ya casi tres meses. Una de ellas es el tiempo: inusualmente templado para estas latitudes hasta hace un par de días, finalmente el otoño ha llegado con todas las de la ley, pasado (y requetepasado) por agua y con una bajada de termómetro de agárrense los machos, que dirían en la tierra de Venus. (Es el alto precio que hay que pagar por tener un paisaje verde durante todo el año).
También ha cambiado mi manera de tomarme las malas noticias en lo que al terreno laboral se refiere, así que, curiosamente, mi colección de cartas de rechazo de las empresas, aumenta de forma directamente proporcional a mis esperanzas de conseguir empleo. Creo que cada negativa me acerca un paso hacia el día en el que finalmente alguien me contrate. Suena extraño, pero es así. Estoy convencida de que este país es una de esas "tierras prometidas", en las que, con un poco de suerte y perseverancia, es posible encontrar un rumbo... que es exactamente lo que llevo buscando desde hace tanto tiempo.
Es una sensación que no tenía en España. Allí sentía que todas las puertas estaban cerradas, y sólo se abrían para unos pocos. Aquí me siento como una niña con la nariz pegada al escaparate de una tienda de caramelos, sabiendo que la puerta se abrirá de un momento a otro y entonces podré entrar.
Quizás también influya el hecho de verme arropada y apoyada por el Irlandés, que sabe que soy una persona válida y que mi oportunidad llegará tarde o temprano. Pero aunque ese apoyo moral es de agradecer, básicamente depende de mí el mantener la esperanza. (Curiosamente dicen que la esperanza es verde, como esta "Isla Esmeralda"... ¿será esa mi señal?)
Así que, en lugar de arrugarme y lamentarme, estoy aprovechando para hacer cosas para las que no tendré tiempo ni ocasión una vez consiga un trabajo. Y en los meses que llevo aquí, no me he sentido aburrida ni una sola vez. Como me dijo una persona muy cercana no hace mucho, "la verdad es que no te das mala vida, no".

